Los científicos, el efecto Pauli y la etiquetación

No se me ocurre mejor manera para iniciarme en este blog, que dedicar unas líneas a los científicos. Como todo en esta vida, esta profesión tan particular esta cargada de estereotipos: batas blancas, laboratorios oscuros con pócimas de colores burbujeantes, las pizarras en casas con endemoniadas fórmulas que resuelves en una noche de insomnio, la fórmula de la metanfetamina que les enseñan a los químicos en la facultad…

 

Edward Atkinson en su laboratorio de la Antártida.

Edward Atkinson en su laboratorio de la Antártida.

Como las meigas, haberlos haylos, los que llevan bata, digo; y todo lo demás son cosas más propias del cine o la tele. He de confesar que una vez tuve una pizarra en mi cuarto y conozco a más de uno que también la usa, pero la verdad es que la mayoría de las veces acababa llena de dibujos que nada tienen que ver con desgranar los misterios del universo.

El colectivo científico es difícil de englobar debido a su heterogeneidad. Cada rama de la ciencia cuenta con sus profesionales, muy diferentes unos de otros, y sólo hay que preguntar en las facultades de física sobre los matemáticos, o viceversa, para entender de lo que hablo. Claro, que si de encontrar similitudes es de lo que se trata, hay algo en lo que se parecen todos: encadenan contratos temporales, suelen estar mal pagados y les cuesta explicar a sus amigos «no-científicos» a qué se dedican realmente.

En física existe una clara distinción, si no rivalidad, desde tiempos inmemoriales entre los físicos teóricos y los experimentales. Puede reconocérselos fácilmente porque los primeros se dedican a resolver cantidades ingentes de ecuaciones, siempre a mano e incluso usando un ábaco, a la luz de una candela, mientras que los otros, como puedes imaginar, pasean por la facultad con su impoluta bata blanca y pasan el tiempo en el laboratorio cacharreando con sus juguetitos. ¿Cómo iba a ser de otra manera?

Uno de los que llevó al extremo esta distinción fue el físico suizo Wolfgang Ernst Pauli, quien además de ser conocido por sus grandes aportaciones a la física del siglo XX, fue célebre entre sus colegas de profesión por lo que se llamó efecto Pauli. Se decía que Pauli era tan buen teórico, que cada vez que se acercaba a algún experimento éste fracasaba. Coincidencia o no, varios son los casos que nos han llegado hasta ahora en forma de anécdotas.

El episodio más notorio viene narrado en un libro muy conocido, Biografía de la física de George Gamow. En sus propias palabras:

«Pauli era un físico teórico de primera clase y entre sus amigos su nombre será asociado siempre con el misterioso fenómeno llamado efecto Pauli. Es sabido que todos los físicos teóricos son muy torpes en el manejo de los instrumentos experimentales y con mucha frecuencia rompen aparatos caros y complicados con sólo tocarlos. Pauli era un físico teórico tan bueno que rompía cosas en cuanto andaba en un laboratorio. El caso más convincente ocurrió un día en el que el instrumental del profesor James Frank , en el Instituto de Física de la Universidad de Gottingen, hizo explosión y quedó destrozado sin razón aparente. Las investigaciones posteriores mostraron que la catástrofe se produjo exactamente a la misma hora en que un tren en el que viajaba Pauli , de Zurich a Copenague, se detuvo cinco minutos en Gottingen».

802265_Pauli_Bohr-Wendekrei

Pauli y Bohr.

Dejando a un lado entrar a discutir la veracidad de estos hechos, lo cierto es que el propio Pauli creía en su desdichada condición de “patoso experimental”, haciendo de ello un claro ejemplo de etiquetación. Este término es acuñado muchas veces en psicología para referirse a la acción de adjudicar un calificativo, ya sea a uno mismo o bien a otra persona, sin necesidad de que éste sea cierto. Las consecuencias de una etiquetación son normalmente la aceptación de la etiqueta por el implicado, como le sucedía a Pauli.

El efecto Pauli no deja de ser un fenómeno, si es que podemos calificarlo de tal, curioso, y que despierta simpatía. Sin embargo, una utilización incorrecta de las etiquetas puede hacer que algunos colectivos sean vistos por la sociedad a través de un espejo deformado.

Desde que el mundo es mundo, hemos bautizado «calculines» a lo largo y ancho del país, excluyendo a los pequeños adolescentes del grupo de populares del instituto. Sin caer en generalizaciones y estereotipos a los que antes hacía alusión, sabemos que afortunadamente la mayoría de estos «calculines» llegan a la universidad para reunirse con otros compañeros «calculines» y disfrutar de una vida maravillosa en la que nadie vuelve a señalarlos por diferentes.

Pero el problema persiste cuando en la sociedad adulta se sigue etiquetando a los científicos de la manera equivocada. El desconocimiento y la falta de interés por la ciencia que durante años ha existido, son en parte, causa de la percepción del colectivo científico como «oscuros» y faltos de habilidades sociales.

Por suerte, nada es para siempre y esta percepción está cambiando. Según el último barómetro de la abogacía, los científicos son, junto con los policías y lo militares – curiosa combinación- el colectivo más valorado por los ciudadanos españoles. Si las leyes de Newton fueran aplicables a los comportamientos humanos, cabría esperar la relación acción-reacción de la tercera de estas leyes, un mayor reconocimiento del trabajo de los científicos por la sociedad debería desembocar en, por ejemplo, una mayor partida presupuestaria para investigación.

Hoy por hoy, la ciencia es vista por el gran público con otros ojos, pero aunque el mensaje cala, lo hace despacio y las consecuencias de otorgar a los profesionales científicos el valor que se merecen dentro de una sociedad desarrollada tendrán que esperar.

Anuncios

Nos morimos de risa

El 31 de enero de 2014, el Instituto Nacional de Estadística publicó el informe Defunciones según causa de muerte en el que podíamos leer que la principal causa externa de mortalidad durante el año 2012 fue el suicidio. Fallecieron 3.529 personas – un 11,3% más que el año anterior –, gracias a las cuales superamos con éxito la cifra récord de suicidios de 2005. Entre la maraña de información que arroja el informe, resulta relevante destacar que las personas entre 25 y 34 años se suicidaron con ganas: un 15% de las defunciones fueron debidas a esta metodología, siendo la principal causa de muerte tras los tumores.

Año 1985. Enrique Vila-Matas escribe Historia abreviada de la literatura portátil y causa un gran revuelo a nivel mundial. Comienzan entonces las conspiraciones en la vida real acerca de una sociedad secreta que simula la narrada en el libro. Más importante que eso, para el tema que hoy nos interesa, es el esbozo que presenta de una empresa de suicidio que, a mi modo de ver, endulzaría la trágica muerte de nuestros suicidas – si es que alguno ansía la muerte como ejemplo de libertad y no como último medio de poner fin a la tortura que es sometido en vida por razones que todos sospechamos pero de las cuales no vamos a hablar para no quedarnos en la raíz del problema sin poder reírnos de la muerte y el suicidio – y haría del proceso un festejo en toda regla. La empresa en cuestión ponía a disposición del cliente los preparativos del suicidio (invitaciones, catering, fotografías, máscara mortuoria y muerte), de tal manera que el difunto se cambiaba de barrio después de una fiesta con sus allegados.

Fue en septiembre de 2008 cuando el boletín de la Organización Mundial de la Salud publicó el primer estudio sobre patrones de suicidio. Si hay algo que llama la atención es que el ahorcamiento – el método con menos glamour y originalidad – derrite a los suicidas. Una soga bien atada por un extremo al cuello y el otro a una viga, una silla y un paso al frente, es el método más frecuente para quitarse de en medio y, de paso, morir con un síntoma de alegría del que se sirvió Siniestro Total para componer el tema Todos los ahorcados mueren empalmados. Le siguen las armas de fuego, los saltos al vacío y los pesticidas. La sobredosis por ingesta de fármacos sólo está de moda en los países nórdicos, Canadá y Reino Unido. En resumen: ausencia de originalidad, gracia y estilo. Si vas a morir por lo menos prepárate para ello, tal y como proponía Vila-Matas, y participa en los Premios Darwin.

Viaje de Charles Darwin a bordo del Beagle.

Viaje de Charles Darwin a bordo del Beagle.

Todos sabemos que Charles Darwin (Reino Unido, 12 de febrero de 1809 – Reino unido, 19 de abril de 1882), tras finalizar sin excesivo éxito sus estudios universitarios, se embarcó en un barco llamado Beagle que le llevó durante cinco años a los rincones más remotos del planeta. Gracias a esa pericia digna de las aventuras de Julio Verne o del actor secundario Emilio Salgari, su mentalidad se transformó – la ignorancia se cura viajando – y regresó a Inglaterra convertido en una persona pegada a decenas de cuadernos que acabarían siendo el germen de Viaje de un naturista alrededor del mundo o Geology of the Voyage of the Beagle.

Esa transformación personal tuvo especial repercusión en sus ideas religiosas. La siguiente nota fue escrita por su mujer Emma poco tiempo después de su boda:

El estado de pensamiento que deseo conservar con respecto a ti es sentir que mientras estás actuando conscientemente y deseando sinceramente, y tratando de conocer la verdad, no puedes estar equivocado; pero existen algunas razones que se imponen y que me impiden que te pueda ofrecer siempre este apoyo. Me atrevo a decir que tú mismo a menudo has pensado en ellas antes, pero escribiré lo que ha estado en mi cabeza, sabiendo que mi propio amado me perdonará. Tu mente y tiempo están llenos de interesantes temas y pensamientos de clase más absorbente, esto es, los que se siguen de tus propios descubrimientos, pero que hacen que te sea muy difícil evitar considerar como interrupciones otros tipos de pensamientos que no tienen relación con lo que estás buscando, o que seas capaz de prestar toda tu atención a los dos lados de la cuestión. […] Espero que la costumbre de las investigaciones científicas de no creer nada hasta que no está probado, no influya tu mente demasiado en otras cosas que no se pueden probar de la misma manera, y que si son verdades es probable que estén por encima de nuestra comprensión.

Mi fuente, El jardín de Newton, de José Manuel Sánchez Ron, afirma que, tras la muerte de Darwin, la nota fue encontrada manoseada y con un comentario: «Muchas veces la he besado y llorado sobre ella».

Emma no estaba equivocada. Charles se debatió en vida entre ciencia y religión, entre empirismo y fe, y así lo dejó reflejado:

Al reflexionar sobre ello me siento compelido a considerar una Causa Primera con una menta racional análoga en cierto grado a la del hombre; y merezco ser llamado teísta. Pero entonces surge la duda, ¿se puede confiar en la mente del hombre – que, estoy convencido, se desarrolló a partir de una mentalidad tan primitiva como la que poseía el más primitivo de los animales – cuando infiere conclusiones tan sublimes? ¿No pudieran ser éstas el resultado de la relación entre causa y efecto, que aunque nos parece necesaria probablemente depende sólo de la experiencia heredada? Tampoco podemos pasar por alto la probabilidad de que la inculcación constante de la creencia en Dios en la mente de los niños produzca un efecto tan pronunciado, y quizás heredado, en sus cerebros totalmente desarrollados, que les resulte difícil liberarse de su creencia en Dios, como a un mono liberarse de su miedo y aversión a una serpiente.

Deja plasmada en estas líneas su idea de la «evolución», palabra que fue mencionada por primera vez en La descendencia del hombre, y la selección en relación con el sexo (1972), y en la última edición de El origen de las especies (1872), la gran obra que no sólo revolucionó la ciencia sino la concepción del ser humano en el Universo. Si Nicolás Copérnico despojó a La Tierra – y al ser humano – del centro del Universo, Darwin cuestionó nuestros orígenes basados en la imagen y semejanza de un dios, idea que le costó asumir a él y a la sociedad del momento.

Charles Darwin y el Árbol de la Vida.

Charles Darwin y el Árbol de la Vida.

La publicación de la última edición de El origen de las especies coincidió con los últimos años de Darwin. Arrastraba una enfermedad que los médicos no supieron entender ni tampoco tratar de forma adecuada. Al parecer, según arrojan los partes médicos, se sustentaba en la fatiga extrema, provocándole palpitaciones, dolores estomacales, de cabeza y algún que otro temblor. Como casi todo el mundo, murió sin gracia, arrasado por la selección natural que él mismo había ideado, convirtiéndose 103 años después en un icono incuestionable del humor negro y la originalidad, cuando un grupo de usuarios de Usenet comenzó a hacer circular emails en los que se premiaban las muertes más absurdas y desternillantes, gracias a las cuales, dicen, la humanidad mejora genéticamente ya que nos quitamos de en medio a los que fueron suficientemente estúpidos como para morir por accidentes inverosímiles o, en el mejor de los casos, sobrevivir a ellos tras la pérdida de la capacidad de descendencia.

Existen organismos que se reproducen y la progenie hereda características de sus progenitores, existen variaciones de características si el medio ambiente no admite a todos los miembros de una población en crecimiento. Entonces aquellos miembros de la población con características menos adaptadas (según lo determine su medio ambiente) morirán con mayor probabilidad. Entonces aquellos miembros con características mejor adaptadas sobrevivirán más probablemente.

El origen de las especies. Charles Darwin.

Si deseas optar a un Premio Darwin por el bien de nuestra especie, debes reunir los siguientes requisitos:

  1. Imposibilidad de reproducción. La única forma de ganar el premio si has sobrevivido al accidente es habiéndote quedado estéril.
  2. Excelencia. Entendida como una asombrosa falta de sensatez. La gracia es que el accidente sea ridículo (ver ejemplos a continuación).
  3. Autoselección. No vale que el accidente te lo haya provocado una tercera persona.
  4. La persona premiada debe estar en su sano juicio.
  5. El acontecimiento debe ser verificado.

La lista completa de los Premios Darwin puede ser consultada en la web del evento, pero algunos ejemplos pueden ser:

  • Muere tras introducirse dos botellas de 1,5 litros de vino de jerez por el ano. Intoxicación etílica.
  • Muere tras lanzarse al vacío para grabar a un grupo de paracaidistas. El cámara olvidó colocarse el paracaídas.
  • Muere de un infarto tras mantener relaciones sexuales con dos mujeres durante 12 horas. Su corazón no aguantó la sobredosis de viagra.
  • Muere un evangelista tratando de caminar sobre las aguas. Se ahogó repitiendo la proeza de Jesucristo.
  • Muere tras cortarse la cabeza para demostrar su hombría. El mítico « a que no hay huevos».

Ya lo dijo Albert Einstein:

Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro.

Arena y Espuma

 

einstein_playa

Albert Einstein en la orilla del mar.

 

Que la vida iba en serio decía Jaime Gil de Biedma, y como todos los jóvenes, habíamos venido a llevarnos la vida por delante. Los años en la facultad de Físicas de la Complutense terminarían para echarlos de menos una vez pasado algún tiempo, cuando los futuros divergentes convergieran hacia un pasado que ya hoy resulta extraño. Puede que sea la nostalgia, puede que sea una inquietud común o, lo más probable, una combinación de ambas variables, el motor del barco al que nos hemos subido aquellos que un día compartimos penumbra de laboratorio, apuntes, clases y buenos y malos momentos.

Nos encontramos, como diría Maxwell, en un mar imperturbable, sin estrellas, brújulas, sonidos, vientos o mareas, y no podemos decir en qué dirección nos movemos. Sin embargo, desde ese caos que es la vida, proyectamos una ventana al universo de la blogosfera para hablar de ciencia a nuestra manera.

Nuestras inquietudes son variopintas pero con un denominador común: la mezcla heterogénea, esencia de la ciencia. Aunque somos conscientes de que todo esta dicho, contado y escrito, deseamos dejar nuestra huella digital a la espera de que la curiosidad la encuentre antes de que la marea la borre.

Siempre estoy vagando en esta playa

Entre la arena y la espuma.

La marea borrará las huellas de mis pies

Y el viento esparcirá la espuma.

Pero el mar y la playa continuarán por siempre jamás.

Un día encerré en mi mano un poco de niebla.

Y al abrir el puño, ¡ay!, la niebla

Se había convertido en gusano.

Volvía cerrar y abrir el puño, y ¡Albricias!,

En mi palma había un pájaro.

Nuevamente cerré y abrí el puño, y

Vi que en mi palma había un hombre,

De pie, de rostro triste, que me observaba.

Y volví a cerrar el puño; al abrirlo,

No había más que niebla.

Pero escuché un canto de inenarrable dulzura.

Apenas ayer me sentía una partícula

Oscilando sin ritmo en la espera de la vida.

Ahora sé que soy la espera, y toda

La vida palpita en rítmicos fragmentos

En mi interior.

[…]

 

Arena y Espuma, KHALIL GIBRÁN