No se me ocurre mejor manera para iniciarme en este blog, que dedicar unas líneas a los científicos. Como todo en esta vida, esta profesión tan particular esta cargada de estereotipos: batas blancas, laboratorios oscuros con pócimas de colores burbujeantes, las pizarras en casas con endemoniadas fórmulas que resuelves en una noche de insomnio, la fórmula de la metanfetamina que les enseñan a los químicos en la facultad…
Como las meigas, haberlos haylos, los que llevan bata, digo; y todo lo demás son cosas más propias del cine o la tele. He de confesar que una vez tuve una pizarra en mi cuarto y conozco a más de uno que también la usa, pero la verdad es que la mayoría de las veces acababa llena de dibujos que nada tienen que ver con desgranar los misterios del universo.
El colectivo científico es difícil de englobar debido a su heterogeneidad. Cada rama de la ciencia cuenta con sus profesionales, muy diferentes unos de otros, y sólo hay que preguntar en las facultades de física sobre los matemáticos, o viceversa, para entender de lo que hablo. Claro, que si de encontrar similitudes es de lo que se trata, hay algo en lo que se parecen todos: encadenan contratos temporales, suelen estar mal pagados y les cuesta explicar a sus amigos «no-científicos» a qué se dedican realmente.
En física existe una clara distinción, si no rivalidad, desde tiempos inmemoriales entre los físicos teóricos y los experimentales. Puede reconocérselos fácilmente porque los primeros se dedican a resolver cantidades ingentes de ecuaciones, siempre a mano e incluso usando un ábaco, a la luz de una candela, mientras que los otros, como puedes imaginar, pasean por la facultad con su impoluta bata blanca y pasan el tiempo en el laboratorio cacharreando con sus juguetitos. ¿Cómo iba a ser de otra manera?
Uno de los que llevó al extremo esta distinción fue el físico suizo Wolfgang Ernst Pauli, quien además de ser conocido por sus grandes aportaciones a la física del siglo XX, fue célebre entre sus colegas de profesión por lo que se llamó efecto Pauli. Se decía que Pauli era tan buen teórico, que cada vez que se acercaba a algún experimento éste fracasaba. Coincidencia o no, varios son los casos que nos han llegado hasta ahora en forma de anécdotas.
El episodio más notorio viene narrado en un libro muy conocido, Biografía de la física de George Gamow. En sus propias palabras:
«Pauli era un físico teórico de primera clase y entre sus amigos su nombre será asociado siempre con el misterioso fenómeno llamado efecto Pauli. Es sabido que todos los físicos teóricos son muy torpes en el manejo de los instrumentos experimentales y con mucha frecuencia rompen aparatos caros y complicados con sólo tocarlos. Pauli era un físico teórico tan bueno que rompía cosas en cuanto andaba en un laboratorio. El caso más convincente ocurrió un día en el que el instrumental del profesor James Frank , en el Instituto de Física de la Universidad de Gottingen, hizo explosión y quedó destrozado sin razón aparente. Las investigaciones posteriores mostraron que la catástrofe se produjo exactamente a la misma hora en que un tren en el que viajaba Pauli , de Zurich a Copenague, se detuvo cinco minutos en Gottingen».
Dejando a un lado entrar a discutir la veracidad de estos hechos, lo cierto es que el propio Pauli creía en su desdichada condición de “patoso experimental”, haciendo de ello un claro ejemplo de etiquetación. Este término es acuñado muchas veces en psicología para referirse a la acción de adjudicar un calificativo, ya sea a uno mismo o bien a otra persona, sin necesidad de que éste sea cierto. Las consecuencias de una etiquetación son normalmente la aceptación de la etiqueta por el implicado, como le sucedía a Pauli.
El efecto Pauli no deja de ser un fenómeno, si es que podemos calificarlo de tal, curioso, y que despierta simpatía. Sin embargo, una utilización incorrecta de las etiquetas puede hacer que algunos colectivos sean vistos por la sociedad a través de un espejo deformado.
Desde que el mundo es mundo, hemos bautizado «calculines» a lo largo y ancho del país, excluyendo a los pequeños adolescentes del grupo de populares del instituto. Sin caer en generalizaciones y estereotipos a los que antes hacía alusión, sabemos que afortunadamente la mayoría de estos «calculines» llegan a la universidad para reunirse con otros compañeros «calculines» y disfrutar de una vida maravillosa en la que nadie vuelve a señalarlos por diferentes.
Pero el problema persiste cuando en la sociedad adulta se sigue etiquetando a los científicos de la manera equivocada. El desconocimiento y la falta de interés por la ciencia que durante años ha existido, son en parte, causa de la percepción del colectivo científico como «oscuros» y faltos de habilidades sociales.
Por suerte, nada es para siempre y esta percepción está cambiando. Según el último barómetro de la abogacía, los científicos son, junto con los policías y lo militares – curiosa combinación- el colectivo más valorado por los ciudadanos españoles. Si las leyes de Newton fueran aplicables a los comportamientos humanos, cabría esperar la relación acción-reacción de la tercera de estas leyes, un mayor reconocimiento del trabajo de los científicos por la sociedad debería desembocar en, por ejemplo, una mayor partida presupuestaria para investigación.
Hoy por hoy, la ciencia es vista por el gran público con otros ojos, pero aunque el mensaje cala, lo hace despacio y las consecuencias de otorgar a los profesionales científicos el valor que se merecen dentro de una sociedad desarrollada tendrán que esperar.




